No sé qué tiene Agosto, pero nunca ha sido santo de mi devoción.
Quizás sea por el terreno que la luna le va ganando al sol; o por esa brisa ligeramente más fresca que parece que te arranca el bronceado.
Me atrevería a decir que mi estado anímico se ve mermado, pese al buen tiempo, por el duelo entre la "Nueva Colección" y los últimos coletazos de las "Rebajas". Un combate de boxeo en el que los escaparates de los grandes almacenes, actúan como el cuadrilatero de lucha; y la recaudación de la caja, indica el final de cada round.
Agosto, no me gustas.
Ni siquiera cuando pasaba la primera quincena de campamento, porque sabía que a la vuelta las tiendas se empaparían del olor que el nuevo curso supone: uniformes, libros y material escolar.
Cambiando así, los cuadernos Santillana por los corticoles.
Te aborrezco, Agosto.
Incluso durante los veranos como estudiante universitaria. Tú eras mi recuerdo y mi más fiel promesa de que el próximo curso, ni junio ni febrero se me iban a resistir.
¿Pero qué es la vida sin riesgo?
Pese a todo, este año te recordaré como un Agosto de descensos (el del Sella) y subidas (hasta el séptimo por las escaleras, como parte de mi ejercicio diario); de atardeceres con helado en mano; de piscina y playa; de Marce; de noche de fuegos; de patines; de masajes relajantes; de Champi; de cañas y de todo lo contrario a lo que la operación bikini conlleva.
Y de noticias que no te podrías imaginar que llegarías a oír, ni mucho menos convivir con ellas.
Adiós Agosto, que te vaya bonito.





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